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La despensa de Jafet

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    Imagina un cobertizo viejo, frío y mal ventilado en París. No parece el lugar donde se cambiaría la historia de la ciencia, pero allí Marie Curie y su esposo Pierre removían, hervían y trituraban toneladas de mineral de uranio.

    Después de años de trabajo agotador, lograron aislar unos miligramos de Radium y descubrir también el Polonium. Lo que nadie sabía en aquel momento era que estas sustancias emitían una energía invisible: la Radioactivity.

    Para Marie, sin embargo, aquello era simplemente hermoso. Por la noche, los pequeños tubos con radio emitían una luz azulada. El problema es que esas “luces de hadas” no eran magia. Eran partículas energéticas atravesando todo lo que encontraban a su paso… incluidas las células humanas.

    En aquella época nadie comprendía realmente el peligro. No había guantes especiales, ni protocolos de seguridad. Curie manipulaba materiales radiactivos directamente con las manos y los guardaba en los bolsillos de su bata. Décadas de exposición terminaron dañando su médula ósea y en 1934 murió de Aplastic anemia, una enfermedad causada por la destrucción de las células que producen la sangre.

    Lo más sorprendente es que la historia no terminó con su muerte. Los cuadernos de laboratorio de Curie siguen siendo hoy tan radiactivos que se conservan en cajas de plomo en la Bibliothèque nationale de France. Quien quiera consultarlos debe usar protección y aceptar un protocolo de seguridad. Incluso su tumba, en el Panthéon, está protegida con un ataúd revestido de plomo. No por simbolismo. Por precaución.

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    Hay una frase que, lamentablemente, se repite demasiado en España: “La vida sigue, sin más, sin responsabilidades.” Y no es un eslogan pesimista, es la constatación de un patrón que se extiende desde los accidentes más graves hasta las decisiones políticas más cuestionables.

    Lo ocurrido en el accidente ferroviario de hace un mes —47 personas fallecidas en plena recta ferroviaria— es solo el último capítulo de una historia que se repite de manera casi rutinaria: tragedia, indignación, luto… y silencio. Después, nada. Ni culpables, ni dimisiones, ni explicaciones convincentes.

    Durante la pandemia, 7.291 personas mayores murieron en residencias de la Comunidad de Madrid debido a unos protocolos que, en la práctica, impidieron derivaciones médicas que podrían haber salvado vidas. Aquello debería haber marcado un antes y un después en nuestra concepción de la responsabilidad política.

    La dimisión de Mazón tras la DANA llegó un año y pico después, tarde y arrastrada por los hechos, no por convicción moral. Para entonces, él mismo se había permitido compaginar la tragedia con “otras cosas”, como si la gravedad estuviera desconectada de la vida pública.

    En definitiva, el tiempo pasó, las ruedas de prensa se apagaron, llegaron otras noticias… y todo quedó en eso: dolor privado y consecuencias públicas inexistentes. 

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    El refrán español es sabio: “Quien ríe el último, ríe mejor”. Y vaya si se aplicó en Aragón, donde la política ha dado un giro que pocos esperaban… o quizás demasiados.

    Irene Montero soñaba con un ejército de inmigrantes africanos reemplazando a los “fachas españoles”. El resultado: Podemos pierde su única banca en las Cortes de Aragón, mientras Vox pasa a 14 escaños. Sí, han leído bien.

    Mientras tanto, algunos todavía se preguntan cómo es posible que haya quien vote al PSOE. Pedro Sánchez y Pilar Alegría, que cerraban campaña entre risas y gestos triunfales, hoy tienen motivos para reflexionar. Tras la debacle en Aragón —18 escaños, su peor resultado en décadas— las risas han cambiado de bando. El escenario deja claro que en política, como en la vida, quien ríe primero… termina llorando.

    Y no olvidemos a Ione Belarra, mostrando aquel frasquito mientras decía que llevaba toda la semana recogiendo lágrimas de facha. Ironías de la vida: hoy las lágrimas se vierten desde la sede de su propio partido. La moraleja parece sencilla: no toda carcajada garantiza victoria.

    Aragón ha hablado, y ha dejado a Podemos y al PSOE en un ridículo que será recordado. Porque, al final, quien ríe el último, ríe mejor. Y esta vez, la risa tiene dueño claro.

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    Hay decisiones humanas que desafían la lógica, el sentido común y hasta la paciencia del personal sanitario. Pero lo de este joven francés de 24 años —que apareció en urgencias con un obús de la Primera Guerra Mundial insertado en el recto— debe pasar directamente al museo mundial de las mayores burradas jamás cometidas. Hablamos de un artefacto militar centenario que, en su época, servía para hacer trincheras… no exploraciones personales.

    La escena en el hospital fue digna de tragicomedia: médicos interrumpiendo la intervención, bomberos desalojando áreas enteras y artificieros acudiendo por si el “experimento” del joven terminaba con una explosión improvisada.

    Eso sí: si buscaba ser noticia mundial, lo logró. Aunque quizá habría sido más seguro y menos humillante aprender a montar muebles, cocinar algo nuevo o leer un libro.

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    Científicos españoles logran eliminar el cáncer de páncreas en ratones combinando tres fármacos. Porque esto no va de humo ni de titulares vacíos. Va de ciencia real, publicada en PNAS, presentada en la Fundación CRIS Contra el Cáncer, con resultados contundentes: los tumores desaparecieron en distintos modelos de ratón y, tras más de 200 días sin tratamiento, los animales seguían libres de enfermedad.

    Mientras tanto, seguimos escuchando que España “no puede mantener una bombilla encendida todo el día”. Curioso, porque sí puede producir ciencia puntera, incluso con presupuestos ridículos y trabas administrativas constantes.

    ¿Qué pasaría si invirtiéramos de verdad en investigación? Imaginemos dedicar una parte de los millones que cuestan 350 diputados y 17 parlamentos autonómicos a investigación en salud. No a estructuras duplicadas, no a cargos innecesarios, no a discursos vacíos. A ciencia.

    Hoy hablamos de ratones. Mañana, si se apoya, se habla de ensayos clínicos. Pasado mañana, de personas. La ciencia avanza paso a paso. La política, en cambio, suele caminar en círculos.

    Y mientras unos apagan o encienden bombillas según convenga al relato, otros —en silencio— están intentando apagar tumores.

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    JAFET BARRETO Padre, esposo, hijo.

    Apasionado por la cocina y la fotografía, autor de 3 libros. Vinculado al mundo jurídico y con experiencia profesional en medios de comunicación. Jefe de Seguridad y Director de Seguridad Privada, habilitado legalmente en España con TIP.

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