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La despensa de Jafet

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    Últimamente me pregunto si no sería mejor dejar de leer la prensa y escuchar la radio, simplemente por salud mental. Guerras, odio, violencia, intereses políticos y económicos… Parece que hemos perdido el rumbo y, lo que es peor, la capacidad de sorprendernos ante tanta barbaridad. Como padre, hay algo que me preocupa especialmente: ¿qué mundo les estamos dejando a nuestros hijos? No espero un mundo perfecto, pero sí uno en el que la humanidad, el respeto y la paz no parezcan valores olvidados. Sinceramente, hay días en los que cuesta ser optimista.

    Y lo más indignante es que quienes pagan las consecuencias casi nunca son quienes toman las decisiones. Los poderosos juegan sus partidas, los intereses económicos marcan el rumbo y miles de personas inocentes pierden sus hogares, sus familias y sus vidas. Mientras tanto, nos acostumbramos a ver tragedias en una pantalla, como si fueran una noticia más. ¿En qué momento hemos normalizado lo inaceptable? Me niego a creer que este sea el precio inevitable de vivir en sociedad. Porque si somos capaces de acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, el problema ya no es solo el mundo que nos rodea, sino también la sociedad en la que nos estamos convirtiendo.

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    Y conviene preguntarse quién está quedando en el punto de mira.

    Porque detrás de una vivienda alquilada no siempre hay un fondo de inversión, un banco o un gran tenedor. Hay también familias que, después de trabajar durante años, decidieron invertir sus ahorros en un piso. Una vivienda que consideran un patrimonio seguro, un complemento para su jubilación o, sencillamente, un bien que algún día quieren dejar a sus hijos.

    El problema de la vivienda en España es real. Y el caso de Maricarmen merece toda la atención. Pero utilizar historias como esta para presentar al propietario como el enemigo común es demasiado fácil.

    ¿Dónde está la reflexión sobre la falta de vivienda pública? ¿Dónde está el debate sobre cómo aumentar de verdad la oferta ¿Dónde están las garantías para el pequeño propietario que alquila una vivienda y teme dejar de cobrar, sufrir daños o entrar en un procedimiento judicial interminable?

    Y hay otra cuestión que tampoco debería desaparecer del debate: el coste de financiar una vivienda también ha cambiado radicalmente. Hipotecas más caras, impuestos, mantenimiento, comunidad, seguros, reformas… Todo eso forma parte de la ecuación del alquiler.

    El Gobierno puede legislar sobre los precios. Puede limitar, regular y señalar a determinados propietarios. Pero si no se construye suficiente vivienda asequible y pública, si no se aumenta la oferta y si no se ofrece seguridad jurídica a quien pone una vivienda en alquiler, el problema no desaparece porque se apruebe una ley.

     

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    Este verano me propuse desconectar. De verdad. Cerrar el grifo de las noticias, no leer prensa y vivir feliz en la ignorancia temporal. Pero mira que es difícil. Entre Pedro Sánchez de vacaciones mientras uno escucha hablar de invasiones en Ceuta y el ático de Ayuso, desconectar parecía más complicado que encontrar una sombrilla libre en un hotel repleto de "guiris" en el mes de agosto. Y eso que me lo propuse seriamente.

    Porque, por mucho que uno quiera descansar, siempre aparece alguien dispuesto a darte la turra: un mensaje, una noticia de última hora, un vídeo, una conversación política en la mesa o el típico «¿has visto lo que ha pasado?». ¡No, José! ¡Y no quería verlo! Pero al final he aprendido que desconectar no significa necesariamente desaparecer del mundo, sino elegir a qué cosas les das importancia y a cuáles simplemente les dices: «hoy no, gracias».

    Y, pese a todo, estas vacaciones han tenido lo importante: más familia, más amigos, más relax y más vida. Me he rodeado de gente que quiero, de conversaciones buenas, de momentos sencillos y de esos pequeños placeres que, al final, son los que realmente llenan. Porque la prensa puede esperar, las polémicas seguirán mañana y los políticos probablemente también. Pero el tiempo con los tuyos, el relax y la vida… eso sí que no conviene dejarlo para después. 

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    Lo de ayer fue un puto chiste. De esos tan malos que ni dan risa, solo cabreo. Egipto se curró un 2-0 de manual y, cuando ya estaba celebrando, al árbitro le dio por viajar en el tiempo. Sacó una falta de vaya usted a saber cuándo, rebobinó la jugada como si estuviera editando un TikTok y anuló el gol. Si eso no es una fumada monumental, que alguien me explique qué coño acabo de ver.

    Y luego están los de siempre diciendo que todo fue "interpretación arbitral". Sí, hombre, y yo soy astronauta. Si ese mismo gol lo marca la Argentina de Lionel Messi, no lo anulan ni aunque el delantero se lleve el balón en una mochila. Hay decisiones que tienen más protección que un jefe de Estado. Lo de ayer olía raro desde kilómetros, y cualquiera con dos ojos y media neurona lo notó.

    Al final uno ya no sabe si estaba viendo un partido de fútbol o el capítulo final de una serie con el guion escrito de antemano. Si el campeón ya está elegido, que dejen de hacernos perder el tiempo, entreguen la copa antes de empezar y listo. Al menos nos ahorramos noventa minutos de cabreo, pitidos de mierda y un arbitraje que parecía hecho con los dados de un Monopoly.

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    Hoy os traigo una de esas recetas que me salvan muchos desayunos y brunch en casa: un cake salado esponjoso, sabroso y lleno de aroma mediterráneo. Es perfecto para empezar el día de una forma diferente, o incluso para preparar con antelación y tener listo durante la semana.

    Es una receta muy sencilla, hecha con ingredientes básicos pero de calidad. Ideal para acompañar un café por la mañana. Es de esas recetas que se repiten una y otra vez en casa.

    Ingredientes:

    • 3 huevos de corral 
    • 100 ml de aceite de oliva virgen extra
    • 150 g de harina tamizada 
    • 1 sobre de levadura química
    • 80 ml de leche o yogur natural
    • 100 g de queso curado en dados 
    • 1 pimiento rojo asado en tiras 
    • 60–80 g de aceitunas de Kalamata sin hueso
    • Hierbas aromáticas (orégano, tomillo o provenzal) 
    • Sal y pimienta al gusto
    Preparación: 
    1. Bate los huevos con el aceite de oliva  hasta que la mezcla esté homogénea.
    2. Añade la leche o yogur y mezcla bien.
    3. Incorpora la harina  tamizada con la levadura, sal y pimienta.
    4. Añade el queso curado, los pimientos asados, las aceitunas de Kalamata  y las hierbas. Mezcla suavemente.
    5. Vierte en un molde engrasado y hornea a 180°C durante 35–40 min, hasta que esté dorado y firme.
    6. Deja enfriar un poco antes de cortar para que mantenga toda su textura.



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    SOBRE MÍ

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    JAFET BARRETO Padre, esposo, hijo.

    Apasionado por la cocina y la fotografía, autor de 3 libros. Vinculado al mundo jurídico y con experiencia profesional en medios de comunicación. Jefe de Seguridad y Director de Seguridad Privada, habilitado legalmente en España con TIP.

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