Imagina un cobertizo viejo, frío y mal ventilado en París. No parece el lugar donde se cambiaría la historia de la ciencia, pero allí Marie Curie y su esposo Pierre removían, hervían y trituraban toneladas de mineral de uranio.
Después de años de trabajo agotador, lograron aislar unos miligramos de Radium y descubrir también el Polonium. Lo que nadie sabía en aquel momento era que estas sustancias emitían una energía invisible: la Radioactivity.
Para Marie, sin embargo, aquello era simplemente hermoso. Por la noche, los pequeños tubos con radio emitían una luz azulada. El problema es que esas “luces de hadas” no eran magia. Eran partículas energéticas atravesando todo lo que encontraban a su paso… incluidas las células humanas.
En aquella época nadie comprendía realmente el peligro. No había guantes especiales, ni protocolos de seguridad. Curie manipulaba materiales radiactivos directamente con las manos y los guardaba en los bolsillos de su bata. Décadas de exposición terminaron dañando su médula ósea y en 1934 murió de Aplastic anemia, una enfermedad causada por la destrucción de las células que producen la sangre.
Lo más sorprendente es que la historia no terminó con su muerte. Los cuadernos de laboratorio de Curie siguen siendo hoy tan radiactivos que se conservan en cajas de plomo en la Bibliothèque nationale de France. Quien quiera consultarlos debe usar protección y aceptar un protocolo de seguridad. Incluso su tumba, en el Panthéon, está protegida con un ataúd revestido de plomo. No por simbolismo. Por precaución.




